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Con coraje y corazón
Los Pumas jugaron con el alma. Ese abrazo tan emotivo del final con AgustÃn Pichot arengando ante sus compañeros, tras la épica victoria, sintetizó la enorme actuación argentina.
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Los Pumas jugaron con el alma. Ese abrazo tan emotivo del final con AgustÃn Pichot arengando ante sus compañeros, tras la épica victoria, sintetizó la enorme actuación argentina.Esa rueda del final fue un sÃmbolo perfecto y único. Y en ese abrazo todos Los Pumas se convirtieron en un sólo Puma.
Recién se habÃan clausurado los 80 minutos más estresantes y emocionantes que recuerde el rugby argentino por lo menos desde la épica victoria en Lens ante Irlanda del Mundial 99 hasta ayer, y todavÃa la adrenalina recorrÃa cada centÃmetro de esos cuerpos humeantes de sudor. Y de esas almas. SÃ, de esas almas también. Porque Los Pumas jugaron con el fÃsico, con el tackle, con el empuje, pero sobre todo jugaron con el coraje, con la sangre, con la pasión. Con el alma, porque vale insistir en ese concepto tan abstracto pero que siempre aparece a la hora de hablar de una victoria como la conseguida ayer ante Francia.
Habló el capitán en esa rueda del cierre. No se extendió en sus palabras AgustÃn Pichot mientras miraba a los ojos a cada uno de sus compañeros: a los que disputaron todo el partido, a los que lo hicieron un puñado de minutos, a los que empujaron desde afuera, a los que se quedaron sin Mundial, a los que se ilusionaron y desilusionaron en estos cuatro años desde el final de Australia 2003 a este comienzo de Francia 2007. Pero también en cada mirada encontró Pichot a cada rugbier argentino y en ellos, a su vez, imaginó a quienes corren detrás de una pelota ovalada los martes y los jueves en los entrenamientos y los sábados en los partidos, con ese viejo espÃritu amateur que es una marca registrada del bendito rugby nacional.
Y a todos ellos, a los de adentro y a los de afuera entonces, también el número 9 les señaló que “Argentina dio otro golpe, que las alegrÃas hay que disfrutarlas, pero que lo mejor está por venir”.
Hay un momento importante en la previa de un partido del equipo nacional que siempre se repite antes de salir a la cancha. Y es una tradición que se mantiene desde que en aquel ya lejano 1965 el seleccionado argentino de rugby pasó a ser, simplemente y para todo el mundo, Los Pumas. Ese instante en el que los recuerdos surgen, las emociones se agigantan y las sensaciones parecen galopar y salirse del corazón entre felicidades mayúsculas, es el de la entrega de camisetas. Ayer, en el Stade de France, una vez consumado el triunfo, alguien dijo que después de la merienda, en un salón del Grand Hotel Barriere de Enghien-les-Bainsse, empezó a gestarse el primer golpe del Mundial. Fue cuando Marcelo Loffreda le dio la posta a Pichot y el capitán fue llamando uno por uno a los hombres que saltarÃan a la cancha apenas tres horas más tarde para darse una de las alegrÃas más grandes de sus vidas deportivas. Ese fue el último aviso para que los sentimientos de cada uno afloraran y liberaran toda la energÃa acumulada durante una previa que se hizo eterna en este viernes 7 de setiembre de 2007 que ya es histórico.
El otro momento importante de la jornada fue el de la salida a la cancha ante más de 76 mil franceses alentando a sus compatriotas. Rodrigo Roncero encabezó la fila y detrás fueron entrando todos sus compañeros con Pichot cerrando la hilera. Allà y luego con el Himno y después con el propio capitán arengando a sus compañeros antes de que La Marsellesa inundara de azul, blanco y rojo el magnÃfico estadio, terminó de cristalizarse la gran obra de Los Pumas.
Es cierto: luego llegaron los ataques desde todas las formaciones, el try de Corleto, la defensa fantástica y el final con dominio territorial y con el inglés Spreadbury decretando el loco festejo. Pero el duelo frente a Francia habÃa terminado mucho antes. Antes de ese abrazo bien Puma, de las miradas de Pichot y de la arenga; antes del “sean eternos los laureles…”, del ingreso a la cancha y de la entrega de las camisetas. Antes de todo y antes de mucho. Antes de que ese gozo tan merecido y tan deseado fuera infinito.
Fuente: ClarÃn
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